Siento mi cuerpo entumecido, perfectamente encastrado en la silla de mi escritorio. En este momento, sospecho que solo soy capaz de mover mis ojos, de un lado hacia otro, buscando desesperadamente como escapar de mi mismo. Es tanto el peso que llevo sobre mis hombros, que finalmente terminó por paralizarme. Se que otros hombres pueden llevar mayor carga, pero solo sé que no puedo con la mía, y como consuelo, pienso en otros que no son capaces de cargar la mitad del peso que yo cargo.
Desaparecer, sin dejar rastro alguno, y de un momento a otro disfrutar de lo liviano que es el olvido, la nada. La muerte se debe sentir así, liviana.
Hoy tengo ganas de morir, para descansar mis hombros unos instantes. Pero tal vez la muerte se lleve todo, deseche todo, porque aquello que está vacío, generalmente es liviano.
Mientras tanto, sigo aquí, en mi escritorio, sin variación alguna de mi estado. Solo que ahora descartando la posibilidad de morir, y resignándome a ordenar a mi cuerpo, para que se mueva, para de este modo caminar algunos pasos más hacia mi futuro, donde caeré varias veces más, hasta que no pueda levantarme.